Durante cinco minutos, la pintura va a ser música congelada. Sobre el espacio de esta feria va a caer una segunda exposición, hecha exclusivamente de sonidos. Están invitados a la contemplación de paisajes sonoros. En seis emisiones, siempre a la misma hora, se podrá escuchar una pieza compuesta e interpretada por pintores, poetas, dibujantes, críticos, cineastas y también, por supuesto, músicos. De esta manera el oyente experimentará un ejercicio sinestésico: explorará con sus sentidos el pulso que late en el fondo de todas las disciplinas artísticas.
Quizás, el vínculo entre el orden auditivo y lo visual se remonte a las estéticas musicales de más de dos mil años de antigüedad. Por aquel entonces, la armonía –de naturaleza numérica y sonora- se deslizó a la proporción en las artes visuales. Desde ese momento, en cada cuadro, en cada escultura, en cada obra hecha por el hombre quedó encriptada una estética muda, un orden análogo al sonido de los meteoritos.
Sin embargo, este ruido -llamémoslo música del Big Bang-, es para nosotros imperceptible. Los pitagóricos creían que, así como el hombre que nace y crece en la costa termina por no oír el ininterrumpido rugido del mar, nuestros oídos no pueden captar la música de las esferas celestes. Los cielos del universo moderno funcionarían como una caja de música desencajada, un piano atravesado por un serrucho y así, cuando pintamos, escribimos o bailamos, no haríamos otra cosa que interpretar esa partitura cósmica, como médiums de una sinfonía caótica y silenciosa.
Quizás, el vínculo entre el orden auditivo y lo visual se remonte a las estéticas musicales de más de dos mil años de antigüedad. Por aquel entonces, la armonía –de naturaleza numérica y sonora- se deslizó a la proporción en las artes visuales. Desde ese momento, en cada cuadro, en cada escultura, en cada obra hecha por el hombre quedó encriptada una estética muda, un orden análogo al sonido de los meteoritos.
Sin embargo, este ruido -llamémoslo música del Big Bang-, es para nosotros imperceptible. Los pitagóricos creían que, así como el hombre que nace y crece en la costa termina por no oír el ininterrumpido rugido del mar, nuestros oídos no pueden captar la música de las esferas celestes. Los cielos del universo moderno funcionarían como una caja de música desencajada, un piano atravesado por un serrucho y así, cuando pintamos, escribimos o bailamos, no haríamos otra cosa que interpretar esa partitura cósmica, como médiums de una sinfonía caótica y silenciosa.
Cecilia Guerra Lage